CONTRIBUCIÓN
La Asociación Calidris inició en 2011 la monitorización de las aves que atravesaban las playas colombianas durante su migración, y enseguida comenzó a interactuar con iniciativas similares de otros países hasta formar el Proyecto de las Aves Playeras Migratorias, que hoy aúna a organizaciones de los once países con costa en el Pacífico latinoamericano, desde México hasta Chile. A lo largo de sus catorce años de existencia, se ha posicionado no solo como un apoyo clave para la conservación de las aves playeras, sino también como un agente relevante en el fortalecimiento de las comunidades locales que dependen de los ecosistemas de las aves. Por todo ello, recibe el Premio a la Conservación de la Biodiversidad en Latinoamérica.
Cuando Luis Fernando Castillo cursaba la asignatura de Ecología de Aves Marinas y Playeras en la Universidad del Valle (Colombia), un grupo de estudiantes se organizó para anillar las aves que pasaban por las playas colombianas durante su migración y liberarlas con la esperanza de que su esfuerzo contribuyera a estudiar mejor su comportamiento. «Por aquel entonces —recuerda Castillo—, el estudio de las aves playeras era muy novedoso. Pero nos resultaba muy excitante pensar que estábamos contribuyendo a un ejercicio mucho más grande, que nuestra playa estaba conectada con Alaska y con la Patagonia».
Aquel grupo pronto se constituyó en la Asociación Calidris, de la que Castillo es hoy director, y, dado el carácter migratorio de las aves, poco después comenzó a interactuar con otras iniciativas similares de otros países. Apoyados por el Servicio Forestal de Estados Unidos, concibieron un proyecto de monitoreo que integrara toda la región que abarcaban aquellas aves. Se fueron sumando más países paulatinamente, y desde 2019 el proyecto integra a Chile, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala y México, incorporando además a organizaciones en los dos países del Pacífico norteamericano, Estados Unidos y Canadá. Solo en los últimos cinco años, han establecido o ampliado 18 nuevas áreas protegidas regionales, municipales, étnicas o privadas en zonas prioritarias para especies de aves migratorias, amenazadas y endémicas.
Además, los conteos de aves revelaron qué actividades humanas podían amenazar su subsistencia, y la red ha pasado a involucrarse directamente en la conservación de estos animales a través de diversas actividades. «Las personas que están en la playa divirtiéndose a veces piensan que su comportamiento es inocuo», explica Diana Lucía Eusse, investigadora asociada a Calidris y coordinadora del proyecto.
«Una herramienta clave para mitigar este impacto han sido los festivales de aves, que han sido supremamente efectivos en contarle a la gente de una manera festiva la importancia de las aves —continúa la coordinadora del proyecto—. Se han hecho campañas con personas en la playa con señalética explicando qué se puede hacer para proteger a las aves, y también se ha trabajado con inmobiliarias para crear zonas de exclusión que permitan que la playa se comparta entre aves y humanos en ciertas épocas del año. En Chile y en México, incluso se logró impactar la regulación en cuanto al ingreso de tráfico o el paso de motocicletas».
En otros muchos casos como este, la red ha comprobado que, para conservar las aves, es clave involucrar a las personas: «Esa ha sido la historia de Calidris —apunta Castillo—, pasar de contar aves a pensar en cómo trabajar con la gente y atender sus necesidades».
«En Colombia y en otros lugares de Latinoamérica, los sitios biodiversos son compartidos por personas en algunos casos con situaciones complejas en términos de capital físico, educativo y de salud —agrega Eusse—. Y a veces nosotros, en el estudio de la biología, somos capaces de llegar a sitios donde nadie más lo hace. La conservación de las aves también consiste en fortalecer la capacidad de agencia de las comunidades locales, porque cuando trabajas con ellas se refleja en la naturaleza».
La red también ha forjado lazos con productores de sal y de camarones en diversos países. «En un principio, las salinas y las aves playeras no compiten por recursos. Pero la salina está ocupando un hábitat que era de las aves playeras», explica Eusse. Desde las asociaciones miembro del proyecto se han establecido recomendaciones para establecer niveles de agua en las piscinas de sal que permitan que las aves descansen y se alimenten allí. Algo similar sucede en las camaroneras, que se han adaptado para incluir vegetación —ya que, en este caso, no interfiere con su actividad—, de modo que las aves puedan descansar y alimentarse.
Pero la clave para que estas recomendaciones se lleven a la práctica ha sido resaltar los beneficios económicos que aportan a los productores en cuanto a imagen corporativa y, también, entendiendo que la presencia o no de aves puede indicar que estas piscinas estén en mal estado y necesiten de intervención. «¿Por qué un productor de sal o de camarones tendría que interesarse e involucrarse en un proyecto como este? —plantea Castillo—. A los productores hay que hablarles en términos económicos ». Efectivamente, añade Eusse, «este ha sido uno de nuestros grandes aprendizajes como conservacionistas: el objetivo no es que todo produzca dinero, pero para tener éxito hay que poder hablar en términos de sostenibilidad en la producción».
Uno de los retos fundamentales que la red aborda diariamente es la grandísima diversidad entre las organizaciones participantes: «La realidad en cada país es diferente, la situación política, económica, los habitantes… Por eso tenemos que involucrar las necesidades y particularidades de cada lugar», destaca Castillo, que agrega que las reuniones frecuentes y la capacidad de escucha emergen como las claves de su éxito en este sentido.
El fundador de Calidris comenta, además, que el diseño original del proyecto se basaba en personal voluntario como recurso principal para contar las aves. «Al parecer —recuerda que razonaron—, en Estados Unidos y en Canadá las personas dicen “vamos a contar aves”, y salen a verlas. Llegan a la playa, tienen telescopio y binoculares… En Colombia no, y en gran parte de Centroamérica y Latinoamérica tampoco», continúa, ya que la mayoría de las personas no disponen de equipos ni vehículos para ir o, en ocasiones, ni siquiera existe una carretera que les permita desplazarse hasta allí, como ocurre en el Pacífico colombiano.
Este contexto les hizo cambiar el planteamiento y basar el proyecto ya no sobre el voluntariado, sino sobre las necesidades de las comunidades locales de las áreas que querían cubrir. Por otra parte, la motivación de monitorizar y conservar las aves playeras ha creado círculos virtuosos con la preservación de muchas otras especies. En determinados lugares, las aves playeras pueden no ser la prioridad para las comunidades que allí habitan, pero son fáciles de contabilizar, y su número a veces indica si la playa está en buenas condiciones para alojar peces y moluscos que sirven de alimento a los habitantes de la zona, tortugas o vaquitas marinas que, por diversos motivos, interesan más a la población de la zona.
«Hay un sitio donde unos peces llegan a desovar justo al tiempo que las aves playeras», apunta Eusse. Pero esa sincronía se está rompiendo, según sugieren los datos, a causa del cambio climático, y por tanto las aves no encuentran el suficiente alimento. Con todo, la conservación de las aves y de los peces va unida, y el proyecto aprovecha esta conexión para fomentar las condiciones adecuadas con el fin de que sobrevivan ambos. «A las personas de la comunidad les interesan los peces, porque son su fuente de alimento. A nosotros nos interesan las aves. Cuando sumas lo que interesa a la comunidad con lo que nos interesa a los conservacionistas, se encuentran vínculos que nos hacen caminar juntos», añade la investigadora.
De la misma forma, Calidris y las asociaciones con las que colabora prestan particular atención a la diversidad de las comunidades con las que tratan para orientar sus propios enfoques de conservación. «Por ejemplo, en Colombia tenemos dos sitios aledaños. La necesidad de una comunidad era darse a conocer en un entorno más amplio y tener unos acuerdos de conservación. La del parque nacional colindante era monitorear las aves. Cubrir estas necesidades y realidades diferentes ha sido fundamental para Calidris», argumenta Eusse. Este énfasis se extiende a la red al completo, que promueve que todo el trabajo se realice localmente. «Aunque nosotros acá tenemos una influencia fuerte norteamericana, el proyecto ha sido una forma de posicionar a Latinoamérica y dar a conocer que la gente de aquí también está capacitada», concluye Castillo.
Foto: con permiso de la Asociación Calidris